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jueves, 31 de agosto de 2017

Los terroristas han ganado



17 de agosto de 2017. Atentado terrorista en la Rambla de Barcelona y en el Paseo Marítimo de Cambrils, con un balance, por ahora, de 16 víctimas mortales y más de cien heridos de diversa consideración.

En los momentos inmediatamente posteriores a la tragedia, y en días sucesivos, presenciamos grandes gestos espontáneos de la ciudadanía, triunfadora moral de tan luctuosa jornada. Personas que rápidamente acuden a ayudar, acompañar o al menos consolar a los heridos mientras llega la asistencia sanitaria. Gente que, al día siguiente del atentado, disuelve una manifestación neonazi y antimusulmana en pleno centro de Barcelona. Días más tarde, el padre de un niño de 3 años, asesinado en el atentado de la Rambla, se funde en un abrazo con un imán. Todo es susceptible de matizaciones, por descontado: en la disolución de la manifestación neonazi también participaron las fuerzas de seguridad; y los medios de información recogieron con sus cámaras el abrazo entre el padre del pequeño asesinado y el imán deseoso de demostrar, por enésima vez, que islam no es violencia, porque esa conmovedora imagen sin duda alguna “vende”. Pero esas manchas de gris no consiguen emborronar la grandeza inherente, la verdad absoluta, de esos gestos.
Y, mientras tanto, la clase política, las fuerzas del orden y las administraciones públicas, estatales, autonómicas y locales, ¿qué hacen? Un bombardeo continuo de acusaciones cruzadas. Según la Policía Nacional y la Guardia Civil, los Mossos d’Esquadra acapararon la mayoría de las actuaciones para dar una imagen de fuerza de seguridad autosuficiente de cara a la hipotética constitución de la República Catalana que podría surgir, caso de darse un resultado electoral positivo, en el controvertido referéndum convocado por el gobierno catalán para el próximo 1 de octubre. Según los Mossos, el gobierno central de España les ocultó, o sencillamente pasó por alto, información vital sobre la cédula terrorista responsable de los atentados del 17-A que se estaba “cociendo” en Cataluña. Además, los Mossos se quejan de que no tienen acceso a Europol. Según el gobierno central, sí que lo tienen, pero no un acceso directo, sino a través de un organismo intermedio.
La cosa no acaba ahí. Es más, apenas es el principio, un mero “calentamiento de motores”. Se discute si la estratégica colocación de bolardos y maceteros hubiese podido impedir o al menos dificultar los atentados de Barcelona y Cambrils, perpetrados usando furgonetas para atropellar indiscriminadamente a las víctimas. Que sí, que hay que poner bolardos y maceteros en todas las ciudades de España, y así eso no ocurrirá, u ocurrirá menos. Que no, que unos obstáculos para vehículos no son la solución al problema, que los terroristas ya se las ingeniarán para inventarse nuevos métodos para asesinar.  
El 26 de agosto se convoca en Barcelona una manifestación de apoyo a las víctimas de los atentados y de rechazo al terrorismo. Días antes se insinúa que porqué no se convocan manifestaciones en Madrid o en el resto de España. Que no, si el atentado ha pasado allí, es allí donde deben manifestarse, y quien quiera sumarse a la marcha ya lo hará. La CUP anuncia que no piensa asistir a la manifestación porque entre quienes la encabezarán se hallarán el rey Felipe VI y el presidente del gobierno central Mariano Rajoy. Luego que no, que la CUP asistirá, pero colocándose a una distancia prudencial del rey y del presidente del gobierno español.
Llega el día de la manifestación, que se desarrolla con notable normalidad. Pero el temporal de la controversia no amaina. Dejando de lado la extraordinaria lección de comportamiento y actitud constructiva de la ciudadanía, las fuerzas políticas no se dan por aludidas y arremeten, desde todos los puntos de vista, contra determinados aspectos de la manifestación. La presencia de banderas “estelades” consideradas fuera de lugar. Silbidos y abucheos al rey y al presidente del gobierno central. Discusiones sobre cómo deben hacerse las manifestaciones, la pertinencia o inoportunidad de esos silbidos y abucheos, qué era lo importante en ese momento y qué no, la interferencia del debate secesionista catalán en medio de un acto de respeto a las víctimas. El eterno conflicto, lejos aún de haber concluido, sobre la libertad de expresión y de pensamiento.
Más recientemente, salta a la palestra que una fuente de información norteamericana –según algunos, la CIA– había avisado al gobierno de la Generalitat de la elevada posibilidad de un atentado terrorista en Barcelona. Advertencia que los responsables de Interior del gobierno autonómico descartaron, por poco fiable, tal y como luego hizo el gobierno central, por las mismas razones.
Supongamos que somos terroristas islámicos. Vemos la televisión, la Internet, la prensa. ¿Y qué vemos? Un país sumido en una perpetua polémica, derivada del daño que les hemos hecho. Un país que asegura no tener miedo (“¡No tinc por!”), pero donde se habla de reforzar las medidas de seguridad: la posibilidad de elevar la alerta antiterrorista de nivel 4 a alerta 5, el grado máximo, ha estado presente en todos los debates. Un país donde se quieren colocar bolardos y maceteros donde antes no los había. Donde, hasta no hace mucho, se miraba con recelo a sus policías, a sus guardias civiles, a sus Mossos, y ahora se les aplaude y vitorea como a héroes, y se decora sus furgones con flores. Donde las fuerzas de orden no hacen más que intercambiarse reproches en nombre de la “estrecha colaboración”.
Como terroristas islámicos, sonreímos, satisfechos. Miramos al cielo. Hemos dado en el clavo. Hemos metido el dedo en la llaga. El sacrificio de nuestros hermanos ha valido la pena. Hemos pillado desprevenida a una nación europea. Hemos golpeado con fiereza en el corazón de la ciudad más turística de España. Hemos derramado su sangre y sus lágrimas. Y lo mejor no es eso. Lo mejor es que les hemos dividido mucho más de lo que estaban. Sus cuerpos de policía se miran con recelo. Sus políticos están más enfrentados que nunca. Sus cuitas no hacen sino alimentar nuestra campaña de terror. Les hemos causado un daño irreparable y no parecen haberse dado cuenta de ello. Les hemos destrozado su autoestima, su confianza, su seguridad, sus valores. Y sus líderes, que deberían infundirles ánimos, arroparles, protegerles, sanarles, consolarles, se han convertido con su indecisión, con su dejadez, con su mediocridad, con su egoísmo, en nuestra mejor arma. Hemos ganado. ¡Alá es grande!

Los terroristas han ganado este combate. No les dejemos ganar la guerra.

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